Se paró frente a la modesta casita blanca, corroboró dos veces la dirección, anotada en un arrugado papel, y decidió tocar el timbre. Colocó sus manos heladas y temblorosas en los bolsillos del sacón, mientras observaba a su alrededor. La tranquilidad de la calle en esas horas de la siesta le hizo recordar al barrio de Barracas, donde se habían mudado Miguel y Mónica, luego de que ella hubiese quedado embarazada. Pensando en el futuro, sus ansias por ser abuela habían crecido. Ansias que, tiempo después, desaparecieron con la partida de ambos, quedando el niño en manos desconocidas.
De pronto, se abrió la puerta y entonces sus labios se sellaron impidiéndole emitir cualquier sonido. El paso del tiempo no es un buen aliado para los rencuentros.
—¿Dora, sos vos? —preguntó el muchacho. Ella asintió con la cabeza. Con un leve movimiento de mano, él le indicó que entrara en la morada. La casa era pequeña pero estaba limpia y ordenada, y la mujer se sintió cómoda, pensando en su enfermiza obsesión por la pulcritud. Parecía ser que tenían algo en común.
Mientras se calentaba el agua de la pava el silencio fue incómodo y solo se interrumpió por momentos para hacer algún comentario del clima, del tránsito o de la poca frecuencia del transporte público. Sin embargo, con los primeros mates, la atmósfera se pobló de historias y anécdotas, luego de risas y más tarde, de confianza. Dora comenzó a reparar en su modo de reír, en sus gestos, en su pelo oscuro. Todo le resultaba familiar, todo le hacía rememorar viejas épocas. Aquel particular tono al hablar le hacía recordar a Miguel que, cansado al volver de sus interminables reuniones, le decía con una sonrisita compradora: “Viejita, ¿me cebás unos mates, mientras estudio?”.
Cuando casualmente rozó su mano, al tomar una galletita del plato, sintió su piel seca. Era áspera como la cal. Igual a la de las curtidas manos de su hijo, que la habían abrazado aquella noche de invierno para no volver nunca más. La misma noche en que Miguel le había dicho que le preocupaba pensar en la vida que el niño llevaría junto a ellos.
El atardecer dio paso a la noche, y la mujer comprendió que era momento de partir.
—La pasé muy bien. Disfruté mucho esta tarde.
—Gracias, Dora. Me gustó que me buscaras, que me hallaras. También querría volver a verte, compartir más tiempo con vos.
Ella, emocionada, asintió con la cabeza, lo abrazó, lo besó en la frente y comenzó a alejarse del lugar.
Caminando hacia la parada del colectivo sus ojos se humedecieron por la emoción. Todos los rasgos de su padre se reflejaban en él. Era idéntico a Miguel: su rugosa piel, su extraña voz y sus rulos oscuros. Finalmente, había encontrado a su nieto, quince años después de aquella noche en que los vecinos de Barracas habían visto alejarse a Miguel y Moni en el asiento trasero de un falcon verde.
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